viernes, 7 de octubre de 2011

Una mañana de Abril



"En lugar de restar, suma. Serás mejor persona, te sentirás mejor contigo misma."
Miró a través de las finas cortinas blancas, inmaculadas, transparentes, que ofrecían un paisaje brillante y repleto de luz. La cálida brisa traía olores de la infancia, a lavanda, a tierra húmeda a juegos eternos hasta el atardecer. Cerró los ojos y respiró con fuerza por la nariz, intentando paladear con el final de la lengua el estallido olfativo que le estaba ofreciendo una espectacular mañana de Abril. Visualizó a Laura, con sus trenzas color zanahoria y la nariz repleta de pecas, cómo corría y saltaba entre las piedras de la charca con un palo en ristre, dispuesta a machacar las inocentes ranas que plácidamente tomaban el fresco bajo las cañas.
Eran amigas desde antes de nacer, cuando sus madres se conocieron en las clases de preparación al parto. Tuvieron la mejor infancia que puede tener un niño, y una adolescencia inconsciente y rebelde, donde fueron confidentes la una de la otra de sus primeros escarceos amorosos y sexuales. Lloraron juntas desdichas y alegrías y podríamos decir que eran algo más que amigas.
Laura estaba desde el principio, y ahora ya no. Dejó de existir, y por un instante pensó que todo aquello era una broma de mal gusto. La habitación era ahora un lugar profanado por los que la querían, recogiendo los retales de una vida terminada, repasando cada paso, cada gesto que ella ya no repetiría. Su madre había decidido donarlo todo a la parroquia, dejando que todo aquel que la había querido, se quedara con algún objeto que por algún motivo, quisieran conservar de ella.
Miró a su alrededor, y pensó en esa frase, que en realidad no era tan profunda, pero que le sirvió para sacarla de su locura por un momento. En esos día donde caía al pozo, y su vida se volvía una carrera sin sentido, tocaba correr y asirla del primer jirón de ropa que se pillara, para no dejarla caer al vacío, o por lo menos caer con ella y abrazarla con fuerza. Que no estuviera sola, sobretodo que no estuviera sola, solía repetir su madre. ¿Por qué era así? ¿Qué la empujaba a caer con unos picados dignos de un experimentado piloto acróbata? ¿Por qué se sentía tan sola si en el fondo todo el mundo la quería?
De hecho, se sentía sola siempre, llamaba por teléfono muy a menudo, por cualquier motivo. Necesitaba la voz amiga de cualquiera que estuviera dispuesta a escuchar. Miró a través de la ventana, y en el jardín comprobó que había mucha gente, con caras serias y tristes. Si ella hubiera sabido que para todas aquellas personas había existido, había significado algo (en menor o mayor magnitud), probablemente no lo habría hecho.
Pero realmente ya daba igual. Habían terminado sus dudas, sus miedos, su complejo de inferioridad... en resumen, se había ido la gran parte de Laura que había matado a la niña de largas trenzas de color naranja, la que se apoderó de su sonrisa hasta convertirla en una triste mueca. Laura siempre había sumado, pero se restó a sí misma, hasta que la resta fue imposible.
El olor a hierba fresca, a flores y tierra, había perdido el color y el sabor. Y en el fondo, daba igual.

No hay comentarios:

Publicar un comentario